Publicado en La Vanguardia el día 05/07/26.
Autoría: Cristina Oriol Val
Imagen de portada: Andreu Puig / OFV / Colaboradores
Esta onubense, catalana de adopción, aún recuerda cómo con 11 años su mundo se cerró a cal y canto tras el triple crimen de las niñas de Alcàsser. Como Míriam, Toñi y Desirée, muchos adolescentes de su pueblo también hacían autostop. El caso acaparó titulares y horas de televisión, mientras una narrativa mediática sembró el miedo entre toda una generación.
Hoy, Ana Burgos, vinculada al movimiento feminista desde hace más de 20 años, es antropóloga e integrante del Observatorio Noctámbul@s, un proyecto de la Fundación Salud y Comunidad (FSC), desde donde investigan y previenen las violencias sexuales en contextos de ocio nocturno. Si Alcàsser marcó a toda una generación, la violación grupal de La Manada, de la que este año se cumplen diez años, supuso un antes y un después en el debate social, la respuesta institucional y la forma de nombrar, comprender y abordar las violencias sexuales.
Ha pasado una década desde la violación grupal de Sanfermines. ¿Qué supuso el caso para la sociedad española?
Fue un punto de inflexión muy importante porque tuvo un impacto a muchos niveles: mediático, jurídico, institucional, cultural y social. El caso desencadenó un debate social y judicial que acabaría siendo el germen de la Ley Orgánica de Garantía Integral de la Libertad Sexual de 2022. Pero también cambió la forma de abordar las violencias sexuales desde las administraciones. En 2017, recuerdo que empezamos a recibir muchas peticiones de ayuntamientos para elaborar protocolos, impulsar puntos violetas, diseñar campañas de sensibilización…
Pero, sobre todo, hubo una transformación social. Conceptos que hasta entonces pertenecían al ámbito jurídico o al discurso feminista pasaron a ser lemas o pancartas. ‘No es abuso, es violación’ o ‘Hermana, yo sí te creo’ dejaron de ser consignas de unas pocas para convertirse en un clamor colectivo.
El caso tuvo una respuesta social enorme, ¿qué factores explican esa movilización tan masiva y colectiva?
Influyeron muchos factores. Pero quiero destacar la importancia que tuvo el trabajo previo de las organizaciones feministas de Pamplona, que llevaban años movilizándose y haciendo incidencia política. Además, había ocurrido ocho años antes el asesinato de Nagore Laffage en los Sanfermines de 2008, que marcó como todo el caldo de cultivo para que la respuesta fuera inmediata y masiva.
Dicho esto, también se trató de un caso muy espectacularizado porque reunía muchos elementos que encajaban con el imaginario que la sociedad tiene sobre una agresión sexual. Eran varios agresores, existían vídeos y conversaciones que servían como prueba, la víctima denunció de inmediato, fue encontrada en estado de shock y la agresión ocurrió de noche, en un portal y a manos de desconocidos. El problema es que la mayoría de las violencias sexuales no responden a ese patrón.
«La violación llevó al debate público cuestiones que entonces eran solo jurídicas»
La violación grupal de Pamplona tuvo que llegar hasta el Supremo para que los condenaran por agresión sexual.
El Código Penal partía de una lógica defensiva, es decir, para que no hubiera consentimiento, la víctima tenía que demostrar de forma explícita que se había opuesto. La relación se daba por hecho y, si no la deseábamos, tenías que negarte porque si no parecía que la querías por defecto.
Con el cambio legislativo del ‘no es no’ al ‘solo sí es sí’, hay un desplazamiento de la carga probatoria. Ya no es la víctima quien tiene que demostrar que se ha resistido y todo lo que hizo para evitar la agresión, sino que es el denunciado quien tiene que demostrar que había consentimiento. El problema es que este nuevo paradigma está conviviendo con paradigmas antiguos. Seguimos viendo sentencias e interrogatorios, como la del juez Adolfo Carretero, que siguen anclados e impregnados de una noción muy desfasada del consentimiento, enmarcada en una manera de entender la violencia muy patriarcal.
«Hoy sabemos que el “piquito” de Rubiales no era una euforia del momento, sino un marcaje de poder»
La violencia sexual no es un hecho excepcional, sino estructural. ¿Se ha comprendido lo suficiente?
Estamos en ello. A nivel discursivo, sí hemos entendido que no son casos aislados. Cambiar el foco implica politizar la violencia y dejar de interpretarla como la suma de hechos individuales. Implica entender que los agresores no son personas excepcionales o perturbadas, ni las víctimas son mujeres que hayan hecho algo mal. La violencia sexual es una expresión de las desigualdades de género y de un sistema que la hace posible y, en muchos casos, la normaliza.
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